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Cartas
Miércoles 18 de marzo de 2026
La virtud de la claridad
Señor Director:
En su carta referida a la figura de J. Habermas, Sebastián Edwards nos recuerda, citando las críticas de Popper a T. Adorno y el propio Habermas, la importancia de la virtud de la claridad. Como se sabe, esas críticas están relacionadas con el famoso “debate sobre el positivismo” de los años '60.
Una útil visión de conjunto ofrece Hans-Joachim Dahms (en G. Franco, ed., Handbuch Karl Popper, 2018). Habermas intervino con una potente réplica publicada en el volumen de homenaje a Adorno en 1963. El debate siguió abierto hasta el final de la década. En todo caso, todo esto es de interés solamente para los especialistas. De interés mucho más general es el asunto de la claridad, que Edwards pone en el centro de la atención, muy especialmente en tiempos en los que la enseñanza de la filosofía, la sociología, la crítica literaria, etcétera, padecen una suerte de epidemia de oscurantismo.
Quien enseña o pretende enseñar filosofía, cosa que tengo la fortuna de poder realizar desde hace más de 40 años, debe, a mi modo de ver, autoimponerse un deber de claridad inexcusable, que se puede resumir en la siguiente divisa: “no decir jamás cosas que uno mismo no entiende y cuyo sentido no sería capaz de explicar”. Es una obligación severa, que supone una pesada carga, y cuyo cumplimiento exige una importante dosis de humildad y autocontrol.
Dicho esto, me parece importante evitar una posible confusión. Tomás de Aquino, pensador ajeno a toda autocomplacencia en materias de claridad, distinguía entre lo que es claro (o evidente) “por sí mismo” y lo que es claro (o evidente) “para nosotros”. La distancia entre una y otra cosa puede ser, en ocasiones, abismal y está vinculada también con la asimetría epistémica entre el experto y el aprendiz. Esto vale no solo para la filosofía, sino también para la matemática avanzada, la física, la economía, etcétera. En el caso de la filosofía se suele suponer, sin embargo, que todo el mundo debería poder entender, sin mayor esfuerzo, lo que se dice en textos filosóficos altamente complejos.
Hágase la prueba, por caso, con algunos pasajes técnicos de la “Crítica de la razón pura”. Como se advierte a primera vista, tampoco Kant escribía de modo sencillo y claro, al menos, para cualquiera. Hace falta muchísimo estudio para poder comprobar cuán claro y penetrante era su pensamiento, y cómo tuvo que lidiar con el lenguaje que tenía a disposición, para poder traer a la expresión lo que había logrado comprender.
En estos asuntos, la claridad no suele estar dada al comienzo del camino. Más bien, es un fruto que solo se alcanza a través del empinado sendero de un estudio paciente y dedicado. Por eso, precisamente, es tan necesaria la ayuda de quienes ya han recorrido ese mismo sendero y están dispuestos a acompañar, sin coartadas ni aspavientos, a quien se interna por primera vez en él.
Alejandro G. Vigo